La República de los veti politici: Crónica personal, jurídica y humana de la asfixia cultural en Florida
- Jacqueline Solórzano

- 30 jun
- 6 min de lectura
Por Jacqueline Solórzano — inmigrante, abogada, artista, humana
¿Por qué este artículo? Hay silencios que pesan más que los decretos, y hay decretos que pesan más que los presupuestos. En Florida, mucho de este silencio se ha vuelto una atmósfera espesa que envuelve a quienes trabajamos en la cultura. Yo lo he sentido en mi propia piel: como inmigrante que llegó a este país anhelando libertad; como artista que he dedicado parte de mi vida a la belleza y libre pensamiento; como abogada venezolana que conoce los principios universales que deberían regir la administración pública en una democracia; y como humana que observa, con un cansancio moral creciente, cómo se deshace ante mis ojos, el tejido artístico cultural de este estado, donde el arte, y no solo el entretenimiento, debería brillar con fuerza.
En un artículo anterior escribí que “el silencio institucional pesa más que el déficit”¹, y hoy, debo añadir que ese silencio torturador ya se ha convertido en una forma de gobierno. Una administración por engaño, una política de la sombra, una arquitectura del desdén y del narcisismo implícito. Porque cuando un gobernador (Ron DeSantis) decide ignorar el juicio de panelistas independientes, vulnera principios jurídicos que no son opcionales: la razonabilidad del acto público, la proporcionalidad de la medida, la motivación del acto administrativo, la igualdad ante la ley y el debido proceso en la asignación de fondos públicos. Como abogada, sé que estos principios no deberían ser adornos teóricos, porque realmente son la columna vertebral de cualquier democracia que aspire a llamarse tal.
Y sin embargo, aquí estamos, sometidos nuevamente a un sistema que nos pide presentar propuestas, cumplir requisitos, superar puntajes, demostrar impacto, justificar cada dólar, para luego convertir todo ese esfuerzo en un juego extraño de repartición que produce asco, mareo y la sensación de que esto está en manos de personas incompetentes. Es un teatro burlesco administrativo donde la evaluación existe, pero la decisión final se toma en otro escenario, sin transparencia, sin respeto por el trabajo profesional, sin consideración por las comunidades, artistas, organizaciones, audiencia, quienes dependen de estos programas. Como artista, me duele. Como abogada, me indigna. Como inmigrante y ciudadana americana, me desconcierta. Como humana, me agota.
Lo que ocurre en Florida, ya por segunda vez, no es solo un recorte presupuestario más: es una distorsión del espíritu democrático. Cuando la decisión de una asamblea legislativa queda anulada por la voluntad de un solo funcionario, el sistema deja de ser un equilibrio de poderes y se convierte en una pirámide invertida donde la cúspide aplasta a la base. Ese gesto —la sustitución del criterio técnico por la voluntad personal— es incompatible con la esencia de la administración pública moderna, esa misma que se incorpora en los principios constitucionales de cualquier país que se conciba democrático. Y sí, recuerda peligrosamente a los modelos donde la autoridad se ejerce sin contrapesos, sin diálogo, sin respeto por la pluralidad. Modelos que la historia ha descrito con palabras que todos reconocemos, aunque prefiera no pronunciarlas.
Como inmigrante, no puedo evitar pensar en la ironía. Este país, donde nos preparamos para celebrar 250 años de independencia, debería estar celebrando también la pluralidad que lo ha nutrido desde su origen. América —la verdadera América— es una nación construida por indígenas, migrantes, refugiados, exiliados, perseguidos, soñadores. Cada ciudad, cada teatro, cada orquesta, cada museo es el resultado de una inmensa diáspora que encontró aquí un lugar donde respirar. La cultura estadounidense no es una línea recta: es un mosaico de acentos, idiomas, razas, memorias. Es una polifonía que se expande con cada persona que cruza una frontera buscando libertad. Celebrar 250 años de independencia debería significar celebrar también esa pluralidad, reconocer que la grandeza de este país no reside en la homogeneidad, sino también en la mezcla. Que el nombre “Estados Unidos de América” es, en sí mismo, una alegoría de unión en la diversidad.
Por eso me indigna que, en Florida, se ataque precisamente aquello que encarna esa pluralidad: el arte, ese territorio donde todas las culturas se encuentran sin pedir permiso. Y me pregunto, como abogada, cuáles son los mecanismos legales que tenemos quienes somos afectados: revisión administrativa, demandas por arbitrariedad, solicitudes de información pública, coaliciones de defensa cultural, amicus briefs comunitarios, no lo sé. Pero como humana, no puedo evitar preguntarme quién defiende la cultura cuando es el mismo Estado quien decidió no hacerlo. En este país, alguien puede demandar a una tienda porque el piso estaba mojado, y resbaló penosamente. Pero ¿quién demanda al Estado cuando el piso moral de la democracia cultural se vuelve resbaladizo? ¡De dónde salen fuerzas para una tarea tan grande; enfrentar al poder que decide y veta!
Abogada de profesión en Venezuela, acostumbrada a mi amado español, decidí no continuar ese camino profesional en este país, pero, como ser plural, di paso y abrí las puertas para reconstruir mi perdida libertad en el mundo de las artes escénicas, de la ópera, aquí en Miami, y allí llevo transitando unos 15 años y no pretendo salir de ese camino, y también sé, no se me olvida, que una revisión administrativa es un procedimiento mediante el cual una persona u organización afectada por una decisión del Estado solicita que esa decisión sea examinada nuevamente por la propia agencia o por una instancia superior dentro del aparato administrativo. En Florida, esto se hace bajo el Florida Administrative Procedure Act (FAPA), que regula cómo deben justificarse, explicarse y ejecutarse los actos del poder ejecutivo.
En términos simples: es el derecho a decirle al Estado “explique su decisión, muestre sus fundamentos, y demuestre que actuó conforme a la ley”. Cómo hacerlo, no lo sé, ni tengo fuerzas para averiguarlo, porque los dos terremotos ocurridos en mi país de origen apenas hace unos pocos días, aún los estoy sintiendo resonando en mis oídos lejanos y en el corazón, y prefiero escribir este breve artículo, que probablemente nadie lea, para dejar constancia de que no estoy de acuerdo, con esta noticia de que el gobernador una vez más vetó el presupuesto para proyectos de artes, algunos de los cuales tienen notas de los panelistas superiores a los 90 puntos.
Y sin embargo, les informo que aquí sigo. Aquí seguimos unos cuantos, valientes, valiosos, únicos. Porque la entereza de los artistas es más fuerte que cualquier veto. Porque la cultura es más antigua y sabia que cualquier gobernador. Porque el arte es la única fuerza que ha sobrevivido a todos los imperios, a todas las crisis, a todas las sombras, a todas las inteligencias, porque el espíritu humano se impone aunque la inteligencia artificial coexista. Quienes atacan las artes revelan, sin saberlo, la pobreza espiritual más profunda. Quienes las defienden revelan la grandeza humana más alta. La cultura no necesita permiso para existir. Solo necesita que la sigamos sosteniendo.
Quiero también expresar mi admiración y gratitud hacia Arts Action Miami, esa coalición que ha sostenido con una firmeza admirable la defensa de las artes en este estado. Ellos han sido, en medio de la tormenta, ejemplo de estructura moral que el Estado decidió abandonar; la voz colectiva que se negó a ser silenciada; la inteligencia comunitaria que ofrece articular la incidencia pública, revisión administrativa y una defensa ética del interés de los artistas y organizaciones de arte cuando la institucionalidad parece desmoronarse ante los ojos de todos. La cultura no se sostiene sola: se sostiene en coalición, en comunidad, en resistencia organizada. Son ejemplo vivo de lo que significa ejercer ciudadanía cultural en un tiempo donde la democracia parece tambalearse. A ellos, desde mi voz de inmigrante, abogada, artista y humana, les extiendo mi gratitud: gracias por recordarnos que la cultura tiene defensores, que la dignidad tiene aliados, y que la resistencia organizada es la forma más alta de esperanza.
Conmigo cuentan, pero no en estos días.
Por eso me niego a aceptar un sistema que nos pide presentar propuestas, cumplir requisitos, superar puntajes, demostrar impacto, justificar cada dólar, para luego convertir todo ese esfuerzo en un juego extraño de repartición que produce asco, mareo y la sensación de que esto está en manos de personas incompetentes y malsanas. No entiendo —y lo digo desde mi formación jurídica— cómo puede sostenerse un proceso que exige rigor técnico pero que luego decide con arbitrariedad política. No entiendo cómo puede llamarse democrático un mecanismo donde la voluntad de una sola persona anula el trabajo de paneles profesionales, evaluaciones independientes y años de servicio comunitario. No entiendo cómo puede pedirse excelencia cuando la decisión final no respeta ni la razón, ni la proporcionalidad, ni la igualdad ante la ley, ni el debido proceso administrativo que debería regir toda asignación pública.
Como abogada venezolana, sé que en este país sí deben existir mecanismos legales para resistir: acciones de revisión, peticiones de información pública, coaliciones comunitarias, amicus briefs, que pudieran explicar por qué una decisión administrativa —como un veto— tiene consecuencias profundas para el interés público. Y como humana, sé que la defensa cultural no es solo un acto jurídico: es un acto de dignidad. Es la afirmación de que no aceptaremos que arte y cultura sean tratados como desechos. Es la afirmación de que no aceptaremos que la pluralidad sea vista como una amenaza. Es la afirmación de que no aceptaremos que la democracia se reduzca a un procedimiento vacío.
Este es mi manifiesto: defiendo las artes y la cultura porque defiendo la vida. Así también defiendo la memoria. Defiendo la cultura porque defiendo la pluralidad que me recibió cuando llegué a este país estropeada y sin sueños. Defiendo la cultura porque defiendo la humanidad que nos une más allá de cualquier frontera. Defiendo la cultura porque sé que, cuando todo lo demás se derrumba, el arte permanece. Y mientras permanezca, permaneceremos nosotros.



Excelente artículo Jacque. Es desesperante la situación actual aunque quiero creer que es un bache en la carretera que conduce al éxito. Como escribiste, “Quienes atacan las artes revelan, sin saberlo, la pobreza espiritual más profunda.” , asi mismo espero que no se perpetúe la estancia de dichos personajes con poder de decisión.
Excelente articulo
Gracias por este importante artículo. Ha quedado en claro a nivel federal, del estado, y local, que a los políticos que militan en el partido republicano actual (este ya nos es el antiguo partido republicano, que sí tenía ideales) no les interesan ni las artes, ni la cultura, ni las ciencias, ni los museos, ni la educación, ni las personas de a pie. Estas instituciones no les interesan, porque no les interesa que la gente piense ni se exprese. Espero que los artistas de la Florida recuerden esto a la hora de asistir a las urnas. Atentamente, Daniel Daroca