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Entre la espada y la pared: Aplastada entre dos obispos

20 sept
4 min de lectura

Daniel Daroca.


Antes de que estallara la tormenta, Sor Juana Inés de la Cruz habitaba un mundo selecto de inmenso privilegio, libertad intelectual y protección de alto nivel. Acojinada entre los muros del convento de San Jerónimo, disfrutaba de un estilo de vida muy alejado del aislamiento típico de una monja colonial. Sus espaciosas celdas funcionaban como un vibrante salón donde eruditos, intelectuales y dignatarios visitantes se reunían para conversar con la Décima Musa. Esta autonomía única se sostenía fuertemente gracias al patrocinio de los sucesivos tribunales virreinales, de manera más notable a través del profundo respaldo personal y la íntima afinidad intelectual de la virreina, María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga, condesa de Paredes. Bajo este poderoso paraguas del favor estatal y cortesano, Sor Juana no sólo pudo dedicarse a sus estudios científicos y literarios sin impedimentos, sino que también gozó del raro privilegio de que sus obras fueran publicadas y celebradas en todo el mundo atlántico español. Sin embargo, esta edad de oro existía bajo una sombra silenciosa y siempre presente: el peso inminente y sofocante de la Inquisición española, cuya estricta ortodoxia y omnipresente vigilancia formaban el telón de fondo último y temible de la vida intelectual cotidiana en el siglo XVII.

La gravedad de su eventual caída estuvo profundamente ligada al tema que la desencadenó: una disputa teológica sobre la naturaleza del amor divino. El intelectual jesuita portugués António Vieira había pronunciado su famoso sermón del Mandato de 1650, en el cual se propuso definir y clasificar las mayores finezas (actos supremos de gracia, cortesía y amor) mostradas por Jesucristo a la humanidad. Al hacerlo, Vieira se apartó audazmente de siglos de consenso ortodoxo, contradiciendo y criticando directamente las interpretaciones tradicionales establecidas previamente por importantes Padres de la Iglesia como San Agustín y Santo Tomás de Aquino. Cuando a Sor Juana se le pidió que evaluara este texto, escribió una crítica brillante y aguda que disecaba los argumentos de Vieira y defendía a las autoridades clásicas.

Este texto se convirtió en el barril de pólvora de un juego imprudente y de alto riesgo de rivalidad eclesiástica entre dos prelados de carácter y filosofía fuertemente contrastantes: Manuel Fernández de Santa Cruz, obispo de Puebla, y Francisco Aguiar y Seijas, arzobispo de México.

La tragedia de Sor Juana Inés de la Cruz no fue el resultado de una conspiración maléfica, sino el devastador daño colateral de un juego imprudente y de alto riesgo de prepotencia eclesiástica. En el centro de esta dinámica se encontraban dos prelados de carácter y filosofía radicalmente opuestos: Manuel Fernández de Santa Cruz, obispo de Puebla, y Francisco Aguiar y Seijas, arzobispo de México.

El obispo de Puebla, un mecenas culto e intelectualmente ambicioso, buscaba mostrar el brillo dentro de su esfera y desafiar el predominio tradicional de la Ciudad de México. Cuando Sor Juana ofreció una brillante crítica privada del famoso Sermón del Mandato (1650) del jesuita portugués António Vieira —un texto tenido en altísima estima por la jerarquía de la Ciudad de México—, el obispo de Puebla le pidió que lo pusiera por escrito. Creyendo que participaba en un ejercicio académico confidencial, Sor Juana accedió. Sin embargo, el obispo de Puebla requisó el manuscrito como arma táctica para atacar a sus rivales en la Ciudad de México. En 1690, lo publicó sin el consentimiento de su autora, lo rebautizó como la Carta Atenagórica y le añadió un prólogo engañoso bajo el seudónimo de «Sor Filotea de la Cruz». Es probable que no previera ni pretendiera la ruina definitiva de la monja; más bien, utilizó descuidadamente su voz brillante como un instrumento contundente para saldar una cuenta territorial e intelectual, subestimando por completo la feroz reacción institucional.

Dicha reacción estuvo encabezada por el arzobispo Aguiar y Seijas de la Ciudad de México, un prelado que encarnaba una ortodoxia rígida, inflexible e intensamente misógina. Para Aguiar y Seijas y la ortodoxia del status quo conservador, que una mujer participara en un debate teológico público y desmantelara un texto quasi sagrado como el de Vieira constituía una abominación intolerable.

Atrapada en medio de esta guerra de jurisdicciones, Sor Juana fue abandonada por el mismo mecenas que había explotado su obra. Cuando la presión conservadora arreció, el obispo de Puebla no le ofreció protección alguna. Obligada a defenderse de la celada en que había caído, Sor Juana escribió su magistral Respuesta a Sor Filotea de la Cruz en marzo de 1691, argumentando con valentía a favor del derecho de la mujer a la indagación intelectual. No obstante, el peso del aparato eclesiástico resultó insuperable. Quedó completamente aislada entre la ambición manipuladora de un obispo y el machismo hostil del otro, lo que culminó en su capitulación total, la venta de su biblioteca, una renuncia firmada con su propia sangre y sus silenciosos años finales hasta su muerte en 1695.

De haber declinado amablemente la petición del obispo, tal vez habría disfrutado de unos cuantos buenos años aún. Sí, nos habríamos visto privados de la Carta Atenagórica, del prólogo de Filotea y de la Respuesta, pero jamás podremos calibrar el precio que pagó. Al fin y al cabo, hoy en día casi nadie lee sus obras, y pocos poseen la profundidad intelectual y el conocimiento necesario para comprenderlas en toda su intrincada gloria.

Mucho antes de que Woolf lo sugiriera, Sor Juana ya se había asegurado una habitación propia, su celda conventual, armándose de libros e instrumentos científicos. Sin embargo, el mal penetró incluso en su celda: el odio del arzobispo de México, probablemente envidioso de su intelecto, y la cobardía del obispo de Puebla, que la utilizó y la dejó a su suerte. Ese fue el precio de su proeza intelectual y el fruto de la traición de los obispos.

Me pregunto qué sintió Juana cuando tuvo que desprenderse de sus pertenencias y, con la prohibición de escribir, comprendió que había sido abandonada. ¿De qué le sirvió entonces todo su conocimiento en la hora de su prueba más terrible?

Tal vez su tragedia definitiva fue haber permanecido pura de corazón en un mundo gobernado por la crueldad táctica. En este caso no supo aplicar la antigua sabiduría de ser “mansos como palomas y astutos como serpientes.” Trató a los poderosos con la honestidad de una verdadera erudita, asumiendo que compartían su devoción por la verdad, y totalmente ciega ante el lazo que se tejía a su alrededor. Su historia nos deja una pregunta inquietante para nuestras propias vidas: cuando se nos presente una petición halagüeña o una celada disfrazada de oportunidad, ¿tendremos el discernimiento para ver el lazo antes de que se cierre?


Daniel Daroca


 
 
 

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