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Cuando la modernidad olvida sus raíces: una reflexión desde el mundo de la ópera.


En días recientes, unas declaraciones del actor Timothée Chalamet —pronunciadas durante una conversación pública con Matthew McConaughey (*)— generaron un eco inesperado en el mundo de las artes escénicas. No por su tono, sino por la ligereza con la que desestimó disciplinas artísticas que han dado forma a la cultura occidental durante siglos: la ópera y el ballet.

Desde The Opera Atelier no responderemos con enojo, no. Respondemos con tristeza, con reflexión y con la serenidad que da el hecho de estar involucrados como artistas con la profundidad de un arte que ha sobrevivido a todo: guerras, crisis, revoluciones tecnológicas y cambios culturales radicales.


La ópera: el origen de la dramaturgia moderna

Antes de que existiera el cine —el mismo arte por el que Chalamet será probablemente premiado— ya existía la ópera. En ella nacieron muchos de los principios de la actuación, la construcción dramática, la dirección escénica y la integración de múltiples lenguajes artísticos en un solo acto creativo.

La ópera exige algo que ninguna cámara puede replicar: verdad en tiempo real.

No hay repeticiones. No hay edición. No hay filtros. Solo seres humanos enfrentándose al público con una honestidad absoluta, y donde el engaño no es posible.

Por eso entristece escuchar que “ya no le interesa a nadie”. No porque sea cierto —las salas de Nueva York, Londres, París, Viena o Madrid lo desmienten cada noche de ópera—, sino porque realmente revela cuán poco se conoce aquello que se juzga. Por ejemplo, mañana martes, ¡solo con caminar hasta el Downtown Miami, Florida Grand Opera, levantará el telón por Turandot!


El ballet: disciplina, historia y cuerpo como lenguaje

El ballet no es un entretenimiento del pasado. Es quizás la base de la teatralidad física que hoy vemos en el cine, la televisión, la publicidad y la cultura visual contemporánea. Despreciarlo es desconocer que todo actor que se mueve frente a una cámara hereda, directa o indirectamente, la tradición del cuerpo expresivo que el ballet perfeccionó. Pues por más inteligencia artificial que se trate de incluir en el cine, lo humano se esfuma rápidamente, si no se consideran estos principios del movimiento y arte del cuerpo HUMANO.


¿Dejaríamos de valorar a Velázquez porque existe el iPhone?

Las palabras del actor evocan una imagen inquietante: la de alguien entrando a un museo para retirar los cuadros de Picasso, Rembrandt, Velázquez o Da Vinci porque “ya tenemos pantallas donde ver esas imágenes”.

La tecnología no invalida el arte. La modernidad no cancela la historia. El cine no existe en un vacío: es hijo directo de la ópera, del teatro, de la danza y de la pintura.

Olvidarlo es confundir novedad con profundidad.


El cine puede repetir; la ópera no

El cine tiene la aparente ventaja de la repetición. Una escena puede filmarse veinte veces hasta lograr la toma perfecta, aquella por la cual muchos premios podrán recibirse. Puede editarse, corregirse, reconstruirse digitalmente.

La ópera, en cambio, es irrepetible. Cada función es única. Cada respiración es única. Cada emoción es irrepetible.

Esa exigencia no es para cualquiera. Y no lo ha sido nunca. Solo para artistas, que crean hitos inolvidables en el arte.


La ignorancia no es un pecado; es una oportunidad

No se trata de atacar, se trata de lamentar que, en un momento de tanta visibilidad, Chalamet haya elegido hablar desde tamaña ligereza y no desde la curiosidad que esperaríamos de un joven actor.

La ópera y el ballet no necesitan que él los entienda para seguir existiendo. Pero él sí podría crecer —como actor y como ser humano— si algún día se permitiera descubrirlos en su justa dimensión, la cual no es precisamente desde la palma de su mano a través de la pantalla de un celular mostrando un canal de YouTube.


Lo eterno no compite con lo moderno; lo sostiene

Tranquilo, amigo lector: la ópera y el ballet no están en peligro.

Lo que sí está en riesgo es la capacidad de algunos jóvenes —aquellos que, como Narciso, se miran en su propio reflejo sin reconocer la profundidad que los precede— de comprender que su arte no nació con ellos, sino que forma parte de una cadena milenaria de creación, sacrificio y belleza.

Un día, quizá, el espejo mitológico les mostrará esa verdad.

Son jóvenes que prefieren contemplarse en una pantalla antes que enfrentarse al público; que eligen repetir una escena hasta alcanzar una perfección artificial, en lugar de vivirla con imperfección, riesgo y alma.

Y en esa elección, sufren.

Sufren en un silencio extraño, donde el público real —el que respira, escucha y vibra— no existe, y donde los aplausos solo llegan en forma de premios que, de tanto esperarse, terminan coleccionándose para la vanidad… y para el olvido.

La cultura no desaparece porque alguien la declare irrelevante. La cultura desaparece cuando dejamos de enseñarla, de defenderla y de recordarle al mundo que lo eterno no compite con lo moderno: lo sostiene.


(*) Ver el artículo publicado en TODAY: What Did Timothée Chalamet Say About Opera and Ballet?

 
 
 

2 comentarios

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Xiomara Ponce
10 mar
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Excelente articulo! Sin desperdicio, Viva la Opera!!!!

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Arnaldo
10 mar
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Excelente el comentario de Jacqueline sobre el actor Timothee Chalamet

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